COORDINACION DE ASOCIACIONES DIOCESANAS 

Scout Católicos de la Argentina

 

El Rover que fue soldado

Veinte intensos días había pasado desde que se había iniciado la guerra. Una guerra tan inesperada como emocionante. Emotiva por sus razones históricas y porque sacudió el sentimiento épico de los grandes momentos de gesta por los que toda nación transita alguna vez en su historia. Alguno más seguidas que otras.

 

En el caso de mi país, los ecos de epopeya ya resonaban algo huecos, bibliográficos; aplastados por el paso de una centuria.

Sin analizar demasiado las razones profundas del conflicto y solamente empujados por un genuino compromiso cívico, muchos jóvenes nos sentimos tentados de participar en la lucha, ser parte de la historia. De vivir la hazaña de defender a nuestro país.

En el clan la actividad era febril. Si toda la sociedad participaba de los eventos, ora con trabajo, ora con joyas, cuanto más debíamos nosotros, todos los scout, queríamos redoblar los esfuerzos de servir. Mucho más que en tiempos de paz.

A pesar del nerviosismo y la fatiga que nos abrumaba por la inacabable tarea, el clima dentro del clan era especial por una razón poderosa y excluyente: a diferencia de las demás ramas, los Rover estábamos en potenciales condiciones de ir a combatir; fundamentalmente por cuestiones de edad. Aunque sólo dos tenían chances ciertas.

Uno de nosotros, un tipo especial llamado Tío Kim (como le decíamos por haber leído y releído decenas de veces las historias de Kim de la India de Kipling), se había alistado y esperaba ansioso el llamado, que nunca se produciría, por otra parte, debido a la brevedad que tuvo la guerra.

Todos lo admirábamos por el gesto, y muchos de nosotros lo hubiéramos seguido, a no ser por que ninguno alcanzaba la edad suficiente. Salvo Nacho.

Mi gran amigo Nacho.

Era un par de años mayor que yo y habíamos coincidido por un buen tiempo en las distintas etapas scout. Fue siempre para mí como un hermano mayor.

Cuando yo pasaba a una rama él ya estaba, desde hacia un año o dos, invariablemente convertido en líder y ocupando un puesto a su medida. Tenia una personalidad atrayente; algo precoz por su madurez e inteligencia. Era extraño verlo cometer un error grueso o hallarlo en un comportamiento que desentonara con las circunstancias.

Nacho sí tenia posibilidades muy concretas de ser llamado, y en virtud de ello no se ofreció como voluntario. Estaba seguro de que lo harían.

Realmente éramos un grupo de rovers excepcional. Había una gran química entre todos nosotros. Un sentimiento casi místico. Y en esos momentos que vivíamos, todos albergábamos la misma pasión, el mismo ímpetu irrefrenable de querer combatir. Estábamos dispuestos a morir por aquello que considerábamos justo e inclaudicable. A pesar de ello, nuestro sentimiento - ahora lo veo- no era más que un espumajeo de heroísmo juvenil. Todos sentíamos la locura intrépida de aquellos momentos y sentíamos su belleza e intensidad electrizante. Aunque no era el caso de Nacho, su reacción era distinta. Sinceramente lo envidiábamos porque indudablemente lo llamarían.

Ahora, en la perspectiva de mi propia vida, veo todo aquello con cierta tristeza, pero reconociendo la huella maravillosa e indeleble que dejo en mi para siempre la evolución de los hechos.

Una tarde, nos había extrañado el retraso de Nacho, a quien esperábamos desde hacia ya algunas horas. De todas maneras, seguimos con nuestro trabajo de reparar prendas y clasificar alimentos que serian llevados al frente. Al escenario del conflicto.

Repentinamente nos cruzamos las miradas entre todos sin decir palabra. Salimos del galpón en que estábamos al escuchar la voz de él, lo habían llamado a la guerra.

Nos acercamos en tropel a tratar de arrancarle la misiva con el sello inconfundible del Ejército, a felicitarlo y mirarlo en su contagiosa exaltación. Realmente a envidiarlo.

Los términos de la carta no podían ser más escuetos y austeros. Explicaban secamente su deber de ciudadano e indicaban el lugar, fecha y hora de presentarse para “ tomar las armas en defensa de nuestra nación”, tal y como refería el comunicado.

En ese momento se hizo presente el jefe del clan, Vizcacha Astuta, según su tótem, y todos dirigimos nuestras miradas hacia él. Vizcacha era un viejo maestro scout que frisaba ya la segunda mitad de sus cincuenta años y era para todos nosotros, un segundo padre, un consejero. “El amigo experimentado”, como le solíamos decir. A pesar de su nombre algo cómico, Vizcacha era el gran apoyo de toda nuestra efervescencia juvenil y de la adolescencia tardía de algunos. Para otros era el padre que no tenían en la casa. Él nos conducía y nos advertía del siguiente escollo en el río de la vida.

Cuando se aproximo al ruidoso circulo que festejaba y congratulaba al futuro soldado, las voces disminuyeron hasta que se apagaron por completo. Nacho, en silencio, extendió la nota de reclutamiento a nuestro dirigente, y este la leyó con lentitud. O al menos así nos apareció a nosotros que nos urgía ver su reacción.

Doblando el papel con cuidado, como si meditara una actitud, miro con profundidad a su rover mientras le entregaba la carta

-¿Sabes bien lo que esto significa? – Pregunto con expresión grave.

-Sí _ dijo Nacho con altivez y el orgullo que sentía en el corazón.

Nacho era muy pensante. Seguramente antes de recibir la carta ya habría meditado sobre todas las implicaciones en caso de ir a la guerra.

-¿Qué significa?- repregunto el maestro scout con la evidente intención de aquilatar la respuesta de Nacho.

-Significa que me pueden matar. Y que, sino muero, puedo llevar las huellas de lo que allá viva por el resto de mi vida.

- ¡ Dios mío! – pensé para mí. Yo ni siquiera había llegado a pensar en esa posibilidad. Y seguramente muchos de mis compañeros tampoco lo habían hecho. La contundencia de su respuesta fue una cachetada de hombría y madurez que nos dejo atónitos. Cuanto más valor hacia falta para ir a la guerra, teniendo en cuenta la plena conciencia de todas las nefastas posibilidades que depara el campo de batalla. En ese momento admire y quise aun más a mi amigo de tantos años.

Durante unos segundos. Vizcacha y Nacho se hablaban con un lenguaje visual y profundo. El jefe le extendió la mano izquierda y ambos se saludaron con la seña scout. Ambos con total altivez y a la vez emotiva.

- ¡Siempre Listo! dijo el jefe

- ¡Para servir! Contesto Rover trémulo de orgullo.

Después estallo entre ellos un abrazo prolongado. Nacho increíblemente para nosotros, rompió a llorar.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Cuando termino la guerra, después que nadie hablo de cómo había sido allá, y ahora que el nombre de NACHO se repite en tantos bronces cubiertos por las sombras de innumerables banderas, nos acordamos de él.

Años después indague y pude saber algunos detalles de cómo transcurrieron los hechos y cuales fueron las circunstancias que tuvieron que ver con él.

Dicen sus compañeros de batallón que lo de Nacho fue increíble. Contaron que cuando todo parecía perdido, cuando el miedo, el frío y el avance enemigo provocaban terror y angustia, él exhortaba a todos y les daba aliento. Dicen que iba de refugio en refugio repartiendo comida que nadie, sabia donde conseguía. Algunos sospechaban que burlando la vigilancia enemiga a riesgo de ser herido. Dicen que, cuando estallo la lucha, fue el primero en organizar la defensa. Contaron que realizaba incursiones de observación y que armaba, para el enemigo, trampas que no había aprendido en el ejercito; que disparaba como poseído y que ganaba posiciones en el campo de combate, para así evitarles a sus compañeros acobardados tener que cumplir con esas ordenes.

Al parecer, también les había enseñado a apuntar y a cuidar sus armas a los que no sabían. Que los protegía como un hermano mayor.

La verdad me lo puedo imaginar a Nacho así; tal como era con migo.

Un oficial superior suyo al que un día fui a visitar, me contó que el grupo de Nacho fue el que detuvo durante todo un día y toda una noche el avance enemigo, que ya no les quedaba comida y que las municiones escaseaban.

El oficial recordó que no eran mas de veinte y que era Nacho el que los conducía.

Ese día también me narro la forma en que, sin balas, juraron no rendirse y no abandonar sus puestos de combate. Después de eso solo aguardaron en sus escondites, con sus bayonetas desnudas, a que el enemigo pasara por allí.

Me contó también que, en el refugio, Nacho repetía una oración desconocida, una y otra vez.

Me dijo, finalmente, que fue un héroe.

Recuerdo como me miro cuando me saludo por ultima vez. Creo que él era el único de entre nosotros que estaba preparado; que sabia donde iba.

Tal vez del otro lado de la línea, en el lado enemigo, también hubiera algún Rover como él, dispuesto a todo, y acaso también hoy sea un héroe. Como un verdadero Rover.

                                                                 Escrito  por un scout anonimo

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